Por Facu Gari

“No me gustan las películas de Sandra Bullock”, me dice un amigo cuando le pregunto si vio Bird box, película basada en la novela homónima de Josh Malerman, dirigida por la danesa Susanne Bier y lanzada por Netflix en diciembre. “¿Por qué no te gustan?”, desmalezo. “Porque no tiene películas buenas”. Es relativo, claro, pero con algo de saña podemos promediarla: Máxima velocidad, algunas comedias domingueras, La casa del lago, Gravity e incluso The blind side pueden llegar a estar bien pero no son de las películas que todo el mundo recomienda. Creo que Bird box es la primera película de Sandra Bullock que recomiendo.

Lamentablemente para Sandra, no es mérito suyo que lo haga, más bien de la historia de Malerman y su impresión al streaming conducida por Bier. Bird box no es “la” película post apocalíptica, pero abreva en el género con la seguridad de quien repite una fórmula ganadora y le suma algunas vueltitas literarias y conceptuales que la hacen peculiar.

Lo primero se evidencia en las similitudes con otros films, y en especial con A quiet place, que dirige y protagoniza John Krasinski (el bueno de Jim) junto a su enamorada, Emily Blunt, y que fue estrenada en abril de 2018. En A quiet place la cosa es parecida a Bird box, salvo que es otro el sentido en juego: la audición.

Y hay algo de The Walking Dead y de Saramago en Bird box también. Y religión, mitología y tragedia. Y el tipo medio sacado (que es John Malkovich); el exmilitar papichulo, piola con les pibes y atormentado; la vieja que resuelve una encrucijada con un ollazo en el marulo; y la muchacha a la que le dicen “no mires, no mires, no mires” e igual mira y muere.

Lo segundo, las vueltitas. Por empezar, la vista es un sentido más central en nuestra sociedad que lo que es el oído y por ende nos toca más la fibra. Luego están esos flashbacks hacia el inicio del desastre, y el contraste entre la civilización derrumbándose mientras intentan sobrevivir en grupos y el botecito familiar atravesando un bosque por el río está muy bien. Y el acierto de no mostrar al “malo”: apenas vemos unas hojitas levitar y los garabatos de un loco, pero no hay monstruo ni demonio palpable detrás de los miedos que la presunta criatura encarna. No saber qué hay dentro de “la caja misteriosa” se vuelve magnético. Y están los detalles: los nombres de les niñes, las vendas (¿vieron lo del #BirdBoxChallenge?), el alerta de los pájaros, todo eso que viste a la historia y le da encanto.

Sin dudas, el movimiento más significativo es que la peli hable sobre la maternidad de una manera bastante amplia y en un contexto mundial en el que el feminismo planta bandera y plantea rebelión. Bird box es una película sobre la maternidad: los miedos, las dudas, las certezas, la sangre y el amor de Malorie. La maternidad de madre soltera por abandono, la de madre en pareja por supervivencia y amor, la de madre “viuda”, la de madre amiga de madre amiga, la de madre de sangre y de corazón, la de madre educadora y protectora, la de madre vulnerable y la de madre fortaleza, la de madre en familia y en comunidad, la de madre que debe aceptar que sus hijes crecen y soltar y confiar. Es una película sobre “el nido”, precisamente. Sobre la familia, cuando decide que nadie verá el cause del río, que llegaremos todos o ninguno. Y por eso sus niñes no tienen nombres hasta el final: porque todo lo que podemos nombrar trasciende lo que no podemos ver.

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