Por Facu Gari

Hace 4 años, El principito, la novela del francés Antoine de Saint-Exupéry, pasó a dominio público, tras cumplirse los 70 años de finado el autor. Primero hubo un posteo en Facebook que instaba a editar una versión ilustrada; luego la convocatoria de dibujantes, para ponerle tinta a sus 27 capítulos; y finalmente un sitio web, con la síntesis de la concurrencia: fueron 600 los postulados —de la Argentina, Chile, Colombia, México, Ecuador, Costa Rica, Brasil, Uruguay, Puerto Rico y Estados Unidos, entre otros— y 160 los seleccionados para una edición digital que pronto se transformaría en libro físico. Así nació Ediciones Invisible. Y mi fanatismo.

Porque ese primer libro bastaba para tener algunas certezas. Por empezar, que esta gente es apasionada de la edición. Luego, que encuentra en la autogestión y la colaboración la posibilidad —responsabilidad y goce— de tener todo bajo su control. Y eso para las personas que aman la edición es maravilloso: significa la oportunidad de que cada elemento verbal y gráfico de la obra y su contexto hable de ella, de crear capas de universo, un 360° que antes que una estrategia de marketing es un anhelo de satisfacción. Invisible a los ojos, ese primer libro prologado por Alejandro Dolina que todavía se puede comprar en papel y descargar gratis en PDF, es un objeto hermoso, editado con mucha atención al detalle y creatividad, y también es un ebook, una presentación con proyecciones, una muestra y una editorial, hoy liderada por Micaela Sánchez Malcom y Tatiana Pollero e integrada por más de cien colaboradores.

Vendrían más libros, claro, siempre con la prerrogativa de maridar textos y dibujos: Insensato, un compendio de cuentos de Edgar Allan Poe, con prólogo de Juan Sasturain; Yeguas, un epocal compilado de algunas mujeres destacadas de la cultura global; y Canallas, el recién salido, 12 cuentos ilustrados ya no de escritores mundialmente consagrados sino de nuevas narradoras y narradores. Y siempre a precio amigo, sobre todo cuando se los contrasta con la calidad de impresión y el laburo que tienen encima; precio que tiene que ver con las campañas de preventa que realizan mientras cada libro entra al horno, por eso es clave seguir a la editorial en Facebook y en Instagram.

Y ahí sí: hecho el pago y tolerada la vigilia, el hermoso momento en que uno recibe un sobre de papel madera con el logo del zorrito sellado, lo abre a sabiendas del perfume que emanan los libros recién impresos y comprueba, torneando el título hacia una ventana, que lo invisible se hace visible cuando se le echa luz encima.

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