Por Facu Gari.

Conocí personalmente a Lucy Patané hace cuatro años, cuando la entrevisté para este perfil en NAN. Nos encontramos dos o tres veces en la disquería Mercurio, que administraba junto a otres músiques, como su amiga Marina Fages, con quien ha tocado muchas veces, incluso como parte de la formación Chicas de Humo. Uno de los temas que sondeamos en la nota –que acordamos quienes hacíamos la revista porque ya atestiguábamos como escuchas y periodistas el talento de y la referencia que era/es la joven Lucy– es el que nos convoca aquí: su destino artístico en solitario. En esas charlas ella decía: “‘Ya produje ciertos discos y lo seguiré haciendo; ya toqué con tal y tal… ¿qué pasa si hago algo sola?’. En 2015, es la gran pregunta a desarrollar. Quiero interactuar conmigo. Mi problema siempre fue que tengo un abanico de gustos. ¿Qué hago? ¿Un disco rockero, uno acústico, uno de sonidos?”.

Al final decantó en una ópera prima de todo eso. Se llama como ella misma, su tapa la muestra volando junto a su guitarra, lo lanzó en mayo y lo presenta en una fecha doble en el C. C. Richards, el 18 y el 25 de julio. No voy a repasar más data suya (las influencias musicales en casa, su primeros andares instrumentales, el punk y la autogestión, las bandas que produjo, Diego Frenkel y Natalia Oreiro), para eso está el perfil en NAN. Lo que sigue, en cambio, es un comentario sobre el disco y las canciones que lo componen; un disco hermoso que, rememorando las charlas en Mercurio, me da alegría, porque siempre está bueno ver que quienes desean cumplen, todavía a contracorriente, sus designios. Más si lo cumplen como Lucy.

La cosa empieza por “La corte”, que un poco me pone en plan Game of Thrones. Es una intro, no caben dudas. Uno se imagina los créditos: Lucy Patané lo hizo todo: compuso, interpretó, cantó, produjo, con asistencia de Tomás Campeone y colaboraciones varias.

“En toneles”, que fue anticipo del disco, levanta esa épica arpegiada y medieval y la muta progresivamente –inclusión de tambores, redobles y sintes mediante– en rock y horda, y vuelta a la nostalgia, que es como converge con “Hoteles de fuego”. Lucy es una antiprincesa atrapada en un castillo/hotel sin salida al mar. Saldrá sola: “salir” es una contraseña en su primer disco solista.

Todas sus canciones son sensuales: rabiosas, dramáticas, nostálgicas, hambrientas. “Clavícula” lo dice así: “Porque tus piernas saben bien de sobremesa, fantásticas, largas, columnas griegas”. Qué difícil será salir de acá, dice en la misma canción que inicia con una certeza: la música nos va a salvar. Pero Lucy es una muchacha punk. Y todo su primer disco tiene punk, aún su costado más canción. Un punk sonoro y actitudinal.

“Ustedes” podría ser una de Paula Maffia, su amiga, cómplice, compañera en Las Taradas y otras andanzas: marida folk con un carácter primal y rebelde. Y “La osa en la laguna” es un road trip country que aterriza, justamente, en “Aterrizaje”, folk con el que hace un tándem de interludio. Lucy se dedicó a hacer música para películas y aquí se percibe.

El segundo semestre del álbum arranca con “Búhos”, una canción de amor grotesca, que indaga en los pliegues de la contradicción: de movida, quien canta siente alivio frente a la desproporción de la cabeza de su enamorade, y luego va del “caíste bien en mi familia”, lo público, al “caíste bien entre mis brazos”, lo privado.

Después viene “Ya no quedan”. Me encanta “Ya no quedan”. La conexión con los búhos del track previo se encarna en coros que ululan (Lucy corea como hablan los animales), un recurso, el de la concatenación, que cohesiona toda la obra, tanto como temáticamente lo hacen el tándem emancipación-dependencia y la salida a través de un poder violento, redentorio: “Ya no quiero hablarte demás, saquemos la ropa de los cuerpos; sólo quiero verte esperar cómo acaban los problemas en tus manos”. El final es hermoso: desde los 2:50, la expresión de la confusión, el caos, aún en la certeza, el orden.

“Cinturón” es un western circense con un solo de guitarra rockerísimo y un no menos estimulante solo de batería. ¿Quién mete en estos tiempos un solo de batería de casi 2 minutos en un disco? Lucy Patané. Porque la versatilidad es una estrella de su constelación. Y qué lindo es “Tu dialecto”. Ya que se llame así me puede por fanatismo a las palabras, al modo en que nos la pasamos combinando las 27 letras del alfabeto para crear sentidos distintos y distantes y también cercados y cercanos: refiere a una forma de hablar territorial, y por eso la canción alude a lugares, huellas y raíces. De semiología y análisis literario.

Sobre el final, cuando escucho “Dock sud” pienso en Lost y vuelvo a Game of Thrones. Me la imagino a Lucy pensando “¿cómo diantres cierro todo esto?”. Y como los gran finale de esas series, lo hace con un episodio extendido, de 6 minutos y monedas, en el que ella canta no con balbuceos sino con un idioma nuevo, una neolengua, y ahí está el vínculo con “Tu dialecto”: ya somos otras palabras, quizás otros signos. Pero a diferencia de aquellas, es una conclusión que te deja pipón: tiene todo lo antedicho, melancolía y vindicación, potencia y desasosiego, ulules y falsetes, arpegios y solos, certeza y fantasía, y una vereda sinuosa que parece desembocar en “La corte”, una vez más. Porque “nada se vive solo una vez” y “nadie se baña dos veces en el mismo río” no son antónimos sino un modo de entender que una puerta hace dos cosas: abre y cierra.

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